lunes, 29 de octubre de 2007

|Las 7 puertas| Capitulo 2

Eliott Fontenelle

- El mismo que viste y calza desde hace miles de años.- Dijo con una sonrisa de suficiencia acercándose a él- pero que pasa hombre ¿Por qué me miras así?
-No esperaba verte… nunca más- murmuró, y luego recobrando su expresión pasiva continuó- creí que mantener el orden en las siete puertas te mantendría lejos.
- Cada uno tiene claro su deber, no debo supervisarlos. Tu eres el más joven… el bebe que aún debo cuidar.
Guardó silencio mirando a su viejo amigo como a un extraño. Eliott por su parte, se sacó el abrigo y se acomodó en un sofá junto al fuego. Dubitativo le ofreció una copa, que fue aceptada inmediatamente. Se sentó frente a él, Eliott estaba de buen humor, por lo que prosiguió con sus bromas de mal gusto. Lo escuchaba en silencio, sin prestarle real atención, y casi sin darse cuenta fijó su atención en el fuego que chisporroteaba ante ellos.
Eliott se percató de la actitud del joven, y borró su sonrisa mirándolo preocupado.
- ¿Qué ha pasado niño? ¿Por qué estas así?- Lo conocía bien, tenía una personalidad un poco complicada, era solitario y melancólico.
Había desarrollado un extraño cariño hacía el muchacho, él lo hacía recordar, que su misión no era una bendición… pero de todos, el joven que tenía frente a él, era quien más sufría, quién más añoraba una vida normal. Hubiera echo y dado lo que fuera, por poder cambiar el destino del chico, más aún sabiendo lo que se aproximaba.
- Nada- suspiró el de claros cabellos, y lo miró, fue un error, desgraciadamente no podía mentirle a su “maestro”.
Y lo era, el hombre de apariencia juvenil que tenía enfrente fue quien le enseñó su misión y como llevar su nueva vida, entender todo el extraño mundo en el que estaba inmerso, y el único apoyo. A pesar de su temperamento sarcástico, y su humor negro; era el único que lo “entendía”. Por algo que no comprendía, Eliott se comportaba distinto con él.
- Es solo que…- resignado, le contó qué lo tenía perturbado.
- En algún momento tendrías que abrir los ojos y afrontarlo, desgraciadamente nuestro pasado corre más rápido que nosotros y la única forma de dejarlo atrás, es enfrentarlo y terminar por fin el capítulo. Un parte de tu antigua vida ha sido cerrada y puedes guardarla en el baúl de los recuerdos o dejarlo al olvido.
La sombra de una sonrisa se dibujo en sus labios, Eliott siempre sabía que decir en el momento oportuno, por algo era el líder, era más sabio que cualquiera que hubiera conocido, que agradable se sentía tener nuevamente esas palabras de aliento.
- He decidido… que me quedaré aquí algún tiempo- dijo su mentor recostándose en el sofá.
Iba a protestar, pero se arrepintió; si lo había decidido nada lo movería de allí. Además, no le vendría nada mal un poco de compañía, estar sólo tanto tiempo lo volvía más melancólico de lo normal, con Eliott podría mantener su mente ocupada y alejada de sus perturbadores pensamientos.

Eliott llevaba un mes alojándose, y no parecía tener la menor intención de marcharse, en realidad ¿Qué era un mes para ellos?, nada.
- Oye… esta tarde quiero llevarte a un sitio que de seguro te agradará- dijo con un brillo travieso en sus ojos grises.
Suspiró, Eliott tenía unas ideas sobre lo que le agradaba. Al menos las dos últimas escapadas que por cierto tuvo que arrastrarlo para que saliera, habían sido agradables por decirlo menos.
No quería protestar, el hombre que tenía frente a él, poseía el vigor de la juventud, la sabiduría del más anciano, y la apariencia de un hombre que ni siquiera tiene andadas tres décadas, a pesar de poseer muchos más; de una expresión altanera que contradecía la profundidad de su mirada. Quienes platicaban con él lo consideraban inmoral pero esa misma personalidad extravagante los seducía, logrando siempre lo que quería. Y con él no era la excepción, debía reconocer que también lo había cautivado y seguía sorprendiéndolo, pues a pesar de los años, su forma de proceder era impredecible.
A veces, su compañero le recordaba ciertas criaturas bebedoras de sangre que había leído en algunos libros modernos, sus descripciones coincidían asombrosamente como si se hubiesen inspirado en él. Su rostro lozano y liso, ninguna sola arruga marcaba su inmaculada piel, tan solo una suave línea donde se formaba su encantadora sonrisa. Sus ojos grises, tan a juego con su cabello negro azabache que caía con una elegancia natural sobre ellos, miraban con una intensidad arrolladora. Sus gustos tan variados y exquisitos, sus exóticas costumbres y su retorcido pero bien elaborado concepto de la moral. De haber existido esas criaturas, Eliott hubiese sido abrazado por ellos. Aunque ahora que lo pensaba, ellos mismos no estaban lejos de serlo, tan distintos a los demás se volvían irresistibles, eso era algo que el tiempo no había cambiado, tanto en sus primeros años como en esta era, seguían sintiéndose fascinados por todo aquello que fuera distinto; amaban lo desconocido, como bien le dijo su maestro alguna vez.
En su caso, desde niño, la gente siempre lo había mirado, su armonioso e inocente rostro combinado con su personalidad romanticista traía curiosos. Algunos se burlaban, otros se fascinaban e incluso algunos le temían. Muchas mujeres buscaron su amor, pero solo una cautivó su corazón, por desgracia ya poseía la maldición que su padre había dejado caer sobre él. Otra vez pensando en Nergal y en Nadia, su mente siempre le jugaba malas pasadas.
Necesitaba olvidar, pero temía relegar que vivió una vida normal alguna vez, aunque quizás eso fuese mejor, corriente no volvería a ser nunca. Una vida “normal” era tan insignificante, el mismo lo había comprobado con el transcurso de los años, ¿Quería él realmente una vida breve y sin sentido, tal cual como la de los copos de nieve? Su vida actual tenía significado y conocía y sabía mucho más de lo que pudo imaginar, ¡cuanto quedaba por saber aún!, pero ¿Qué era el conocimiento al lado de un alma vacía? Bueno, quizás si compartiera con otras personas no estaría tan vacía, aunque estar rodeado de gente no significa necesariamente compañía ¿no? Quizás los otros como él podrían sacarlo de esa absurda soledad, ¿Dónde estarían los otros? Eliott los conocía, podía llevarlo con ellos. ¿Serían todos como su maestro? Lo dudaba ¿Serían como él? ¿Podría haber alguien como él en algún lado? Sinceramente nadie es tan enfermizamente reflexivo, ninguno tan depresivo y extraño… ¿Qué quería realmente? Maldición, si tan solo pudiera controlar el incesante flujo de pensamientos y reflexiones innecesarias, pareciera que cada año que sucedía su mente enfermara mas y mas.
- ¡Niño! ¡Despierta! – gritó la voz de Eliott trayéndolo nuevamente a la realidad.
El rostro de su interlocutor se veía severo, no recordaba haber visto esa expresión en él nunca antes. Aunque al hablar su voz sonó más preocupada que molesta- Esos pensamientos no te permiten vivir. Es tiempo de cambiar de vida.
- ¿Cómo? Mi mente trabaja más rápido de lo que quisiera…- contestó cansinamente
- Te ayudaré Ian...-
La expresión de Eliott se volvió ausente casi asustándolo por ese repentino y anormal cambio, iba a preguntarle que sucedía cuando una nueva sonrisa apareció en su rostro.
- Bien se hace tarde, mejor salgamos de inmediato y así aprovecho de comprar algo antes de irnos a…- se interrumpió mirándolo con una malicia casi infantil- ya verás donde iremos luego.
Salieron al frío exterior abriéndose paso entre la densa capa de nieve que cubría la residencia hasta llegar al lujoso auto de Eliott. El trayecto se realizó en silencio, su maestro parecía trabajar en un plan que lo mantenía sonriente y él por su parte trató de imaginar que tramaba mientras observaba el entorno, al rato su mente sólo contemplaba el paisaje y a los transeúntes de la agitada ciudad. Personas de todas las edades, solos o acompañados; con rostro tristes, alegres, preocupados o molestos; algunos reían, otros peleaban, otros sólo procuraban escapar del frío y llegar a sus destinos lo antes posibles ¿Qué habría en las mentes y corazones de cada uno? Ciertamente jamás lo sabría, tampoco era que importase realmente, pero se le hacía divertido escrutar los rostros de las personas, leyendo que decían, viendo más allá de lo evidente.
Eliott aparcó el coche y bajaron en una calle muy agitada, activa por el comercio. Caminaron largo rato sin rumbo aparente, al rato ingresaron en una de las tiendas donde su compañero compró una gran cantidad de pasteles de variados sabores y una torta realmente enorme. Con una sonrisa le dio el paquete que la contenía.
- Eliott ¿Qué hago con esto?- dijo tratando de ver algo por sobre el pastel.
- Llévalo, con cuidado ¿eh? No quiero que se arruine.
Le abrió la puerta para que saliera y siguieron caminando por la transitada avenida, ingresaron en otra tienda donde él apoyó en el mostrador la torta volviéndose a ver como su compañero compraba un montón de juguetes, bastante extraños a su parecer. Mientras él se entretenía mirando a su mentor eligiendo esos insólitos objetos no cayó en la cuenta de un pequeño detalle. ¿Cómo llevarían todas esas cosas?
Una vez pagados los juguetes, miraron la gran cantidad de bolsas que tenían a su alrededor.
- Olvidé este problemita – murmuró Eliott echando un vistazo a su alrededor buscando una solución.- Espera aquí.
Se alejó en dirección a la vendedora al otro extremo de la tienda. Por el sonrojo de la joven y sus torpes movimientos, intuyó que fuera lo que fuera que había pedido lo había conseguido. No tardó en descubrir la simple y obvia petición: ayuda.
Diez minutos más tarde descendía por la calle un elegante y sonriente joven de oscuro cabello, seguido de un muchacho de claros cabellos que sostenía una gran caja que tapaba su visual, tras él cuatro sujetos llevaban grandes bolsas con juguetes y pasteles. Tras poner todo en el auto, el de ojos grises despidió a los hombres agradeciendo sus servicios.
- ¿Qué es todo esto?- dijo apartándose el cabello rubio del rostro, tras dejar la torta en el asiento trasero.
- Es para el lugar donde te llevaré- contestó subiéndose al auto.
- ¿Para que quieres todo esto?- preguntó imitándolo, pero su compañero lo miró como si fuera retrasado. Ciertamente si hubiera estado más atento la respuesta llegaba con tan solo mirar sus bolsas.
Su siguiente destino era un gran y antiguo edificio en medio de un bien cuidado jardín que era limitado por una alta y elaborada reja. Eliott tocó el timbre y una mujer se asomó a averiguar quienes eran los visitantes, al mirarlo sonrió maternalmente e inmediatamente abrió la puerta.
- ¡Joven Fontenelle! Que alegría verlo nuevamente- dijo besando su mejilla.
- Siempre tan amable hermana Alma- respondió él, más por lo irónico que le sonaba ser tratado de “joven” que por otra cosa.- Le presento a mi gran amigo Ian Wordsworth.
Ella miró con curiosidad al muchachito que tenía ante sí.
- ¡Que mono eres muchacho! Tienes unos ojos encantadores- elogió la hermana Alma.
Eliott le pidió que no anunciara su visita hasta que tuvieran todo preparado con su amigo.
- Los niños estarán tan contentos de verte…- afirmó ella antes de retomar sus labores.
Los ojos de Ian cayeron en una pequeña placa en la puerta del edificio “Orfanato San José”.
Ayudo a ingresar las bolsas y junto a otras religiosas dispusieron el comedor para la pequeña fiesta. Decoraron con globos y cintas brillantes los muros y el techo, las mesas con manteles de tiernos diseños. Sobre las mesas repartieron en platos de colores los pasteles y pusieron otras golosinas en grandes fuentes y sirvieron leche caliente en los tazones de plástico, la torta se les daría luego al igual que los regalos. Mientras preparaban esto, miraba de vez en cuando a Eliott que parecía realmente alegre con esta labor, sinceramente nunca se hubiera imaginado a su liberal compañero tan gustoso con este trabajo que el mismo se había dado.
Cuando todo estuvo listo la puerta se abrió y dos largas filas de niños curiosos contemplaron con ojos atónitos la escena.
- ¡Sorpresa!- gritó Eliott en medio de la habitación.
- ¡Tío Eliott!- gritaron a su vez los niños corriendo hacia él para abrazarlo, eran tantos que terminó sentado en el piso entre los abrazos de los infantes. Las hermanas escandalizadas ordenaron a los más grandes que apartaran y sentaran a sus hermanos de casa.
Eliott riendo como un crío, estaba sentado en el suelo rodeando a los niños más pequeños con sus brazos quienes lo estrechaban con cariño.
- Disculpe usted, señor Fontenelle – dijo una monja regordeta abochornada mientras los niños se iba a sentar, y el benefactor se ponía de pie arreglándose la ropa y el alborotado pelo aún risueño.
- No hay nada que disculpar – respondió para luego acercarse a su amigo que lo miraba sorprendido desde un rincón.- ¡Vamos! Únete a la fiesta.
Ian miró con su apacible rostro el lugar y a su amigo, sinceramente en ese momento no había mucha diferencia entre los niños y Eliott. Ahora que lo miraba con detenimiento parecía mucho más joven que cuando lo conoció, se preguntó si era producto de su actitud infantil o realmente su rostro era más joven.
- El joven Fontenelle ha sido un ángel para nosotros- le dijo la hermana Alma situándose a su lado.
- ¿Hace cuanto que los ayuda?- preguntó permitiéndose una sonrisa divertida ante la opinión de la mujer. ¿Eliott un ángel? Estaba más cerca de su opuesto, aún así le sorprendía esta faceta oculta.
- Hace seis años, cuando trajo al hogar a esa niña - dijo señalando una niña de unos ocho años que conversaba con el benefactor.
Una niña preciosa sin duda, un abundante cabello rojizo caía hasta la mitad de su espalda en unos hermosos rizos, sus ojos grandes y almendrados eran de un suave color cielo enmarcado por unas largas pestañas del mismo tono de su cabellera, y el blanco vestido hacía juego con su angélico rostro.
- Él se encontraba de paso por aquí cuando encontró a la criatura de dos años abandonada junto a un basurero. Y como no podía hacerse cargo de ella la trajo al mejor lugar que encontró- La monja pareció orgullosa de esto.
- ¿Nadie la ha adoptado?- preguntó con su voz calmada de siempre, aún con sus ojos clavados en la pequeña.
- Ella no quiere, como al menos dos veces al año su “héroe” visita el hogar… Lilian lo quiere como un padre.
- ¿Eliott visita el hogar a menudo?- preguntó con un repentino dolor en sus ojos de miel
- Eh… sí- vaciló contrariada por el súbito cambio en el chico- Como dije un par de veces al año al menos, pero esta es la tercera vez que viene en el mes.
Un silencio curioso hizo que la religiosa y el joven se volvieran hacía la sala, Eliott sobre una silla hablaba a los niños que lo miraban expectantes.
- Primero, tengo para ustedes una sorpresa…- dejó que los niños murmuraran para aumentar la incertidumbre- ¿Les gusta… el dulce de leche?- los niños asintieron y Eliott siguió preguntando por otros alimentos que Ian identificó como el relleno de la torta. Cuando por fin, su compañero anunció la sorpresa y comenzaban a repartir el manjar los niños aplaudían y gritaban emocionadísimos.
Eliott se acercó hasta el rincón del cual Ian no se había movido aún con una amplia sonrisa.
- ¿Te diviertes?- le preguntó
- Cada año venías acá y nunca me visitaste ¿por que?- soltó mirándolo con recelo
- No sabía donde quedaba tu pequeño palacio- se excusó riendo divertido. Ian mantuvo la vista fija en él sin abrir la boca- Vamos, tu no me necesitabas.
- ¿a no?- interrogó- al parecer sabes más de mí que yo.
- De hecho, sí- aclaró, logrando que Ian reflejara por fin la rabia en su rostro- Pero ¿Qué pasa contigo?...- se interrumpió y una sonrisa de complacencia se dibujó en sus labios y con tono burlón agregó- ¿Será que mi niño estaba celoso? ¡El bebe quería mimos!
Un rubor cubrió sus mejillas y la humillación brillo en sus ojos dorados.
- No digas tonterías- aclaró recuperando la compostura y su rostro y voz serenos.
Eliott examinó su rostro sin borrar la sonrisa burlona, pero el rubio mantuvo la misma expresión.
- ¡Venga! Ayúdame con los regalos será mejor- le pidió y volviendo a subirse sobre la silla reclamó silencio otra vez- se que la vez anterior los regalos no eran muy divertidos…
- ¡Oh! No diga eso, todos han quedado muy felices con la ropa ¿cierto niños?- aclaró una religiosa bajita y muy anciana. Los niños respondieron afirmativamente al unísono.
Eliott soltó una carcajada incrédula- Bien, como digáis, no es necesario ser cortés- y como a modo de confidencia agregó- también fui niño y odiaba la ropa.
Todos los chiquillos rieron, y a Ian se le escapó una sonrisa también, al tiempo que dudaba sobre la madurez mental de su amigo.
- Les trajimos- continuó haciendo un ademán para que Ian le acercara una bolsa, este obedeció- ¡un nuevo regalo!- anunció sacando uno de los paquetes, los niños como una estampida corrieron hacía los dos hombres pero Eliott los detuvo con un gesto exagerado de sus brazos- los llamaré de a uno y ahí vendrán, los demás permanecerán sentados y en silencio.
Durante cerca de una hora Ian se entretuvo pasando los regalos a Eliott y luego observando la reacción de los niños al abrir su regalo, la ansiedad al recibir el paquete y la sonrisa de emoción al ver su contenido. Una vez acabado y que todos los infantes estaban absortos en sus juegos, Eliott conversaba en un rincón seriamente con la superiora del hogar. Él miraba distraído a su amigo, tratando de averiguar que decía desde el otro extremo de la sala.
- Hola- dijo una dulce voz atrayendo su atención, se trataba de la “hija” de Eliott. Ahora que veía de cerca a la niña pudo ver que era más bella de lo que inicialmente creyó, pero algo en sus ojos cielo lo inquietó, a pesar de sus rostro infantil, sus ojos parecían haber visto mucho, tenía una mirada vieja, antiquísima.
Un escalofrío recorrió su espinazo, pero no logró apartar su mirada de los grandes ojos de ella. Era la viva imagen de la inocencia, de la pureza e ingenuidad; a pesar de eso, se sentía incomodo y extrañamente intimidado. Devolvió el saludo tratando de que su rostro no reflejara su perturbación.
- Soy Ian Wordsworth- se presentó devolviendo la sonrisa que ella mantenía iluminando sus ojos.
- Lo sé- contestó con voz cantarina- Eliott me ha hablado de ti, me llamo Lilian Mackenna.
- Un placer Lilian- dijo haciendo una reverencia y besando con delicadeza su pequeña mano, un suave rubor apareció en las mejillas de la niña provocando una sonrisa divertida en él.
- Veo que ya os habéis presentado- señaló Eliott mirando alternativamente a los dos, soltó una breve risita divertida.- ¿Y que tal encuentras a mi protegida?- le preguntó rodeando a la niña con su brazo derecho.
- Es maravillosa, una damita muy hermosa- las mejillas de Lilian volvieron a colorearse-
- Aja, ¡un verdadero ángel!- coincidió acentuando su sonrisa al ver la reacción de la niña- y tu Lilian ¿Te parece agradable mi amigo?
- Si…- contestó mirando a Ian a los ojos, esta vez no se sintió inquieto, la mirada de la niña le trasmitían paz, una paz absoluta que lo desconectó de la realidad- Sus ojos dorados son muy puros…
- Lily- murmuró Eliott apretando con suavidad el hombro de la niña- no hagas eso, es de mala educación.
- ¿Hacer qué?- inquirió él una vez que Lilian hubiera roto el “embrujo”.
Eliott suspiró y guardó silencio unos instantes mirando el piso, cuando alzó la vista su mirada era seria, volviendo a ser el hombre maduro y sensato.
- Por algún lugar los hombres buenos llegan al sitio donde descansaran eternamente- susurró con lentitud- … ella es uno de nosotros.

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