
Era más de medianoche y todos dormían, menos él. Apoyado junto a la pequeña ventana de su oscura y fría celda, contemplaba a través de los barrotes el mundo que había dejado hace una semana, el mundo exterior.
Alzó sus hermosos ojos verdes, que tiempo atrás brillaron rebosantes de alegría y vida, pero ahora estaban apagados, el dolor y la soledad los había opacado.
La noche se veía peligrosa, sin luna, el viajero solitario no encontraría el camino. Pero para él, era una bendición.
La Luna llena será quien contemple tu muerte.
Cuando la luna se alzara esplendorosa en el cielo, el hilo de su vida sería cortado. Había sido condenado a muerte por un crimen que no cometió. Curiosamente cuando dictaron su sentencia no sintió temor. Quizás debía pagar por no haber sabido vivir.
Su existencia había sido tan corta y tan triste, que no valía nada para nadie. Sonrió nostálgico, al menos nadie lo extrañaría.
- Hey, muchacho ¿Qué haces despierto?-
Se volvió para distinguir entre la oscuridad la silueta de Nim, su compañero de celda que lo miraba con una preocupación casi paternal.
-Sigue durmiendo, me acostaré enseguida- Le susurró.
Miró unos instantes a su compañero que ya se había dormido de nuevo y roncaba fuertemente.
Apoyó su cabeza en los barrotes de la ventana, y trato de distinguir que había afuera. Sin luna era poco lo que podía ver.
Que ironía, desde que era un niño se sintió cautivado por la luna, amaba durante las noches sentirse bañado por su luz de plata. Cuando viajaba de pueblo en pueblo era ella quien guiaba sus pasos. Lo mantuvo seguro, durante las noches lo acunaba, siempre le fue fiel, su querida dama blanca.
Pero ahora, era su verdugo.
Apretó el collar que pendía de su cuello con fuerza, collar regalado por su amada madre. Cerró los ojos sin soltarlo como si con ello pudiera traerla junto a él. La extrañaba tanto, fue su razón de vivir, pero hacía muchos años que había muerto, y él también.
Comenzaba a sentir sueño cuando un ruido lo sobresaltó. ¡Estaban abriendo la puerta de su celda!, de un salto se puso de pie. Nim también se sentó asustado.
Un guardia ingresó a la celda y apoyándose en la reja lo miró burlón.
-Llegó tu hora niñito- Dijo sonriendo sarcásticamente.
Lo miró confundido, sintiendo como su corazón se aceleraba, trató de decir que aun no era su hora pero era incapaz de hablar.
Un rayo de luna ingresó por la ventana, derramando su luz sobre él, ¡Lo acusaba!. Se giró asustado y sintió como todo se desvanecía… allí frente a él, la luna llena se alzaba más esplendorosa que nunca, pero para él, el astro nocturno le sonreía burlonamente. ¿Como no se había dado cuenta? el invierno ocultó el cielo con sus oscuras nubes, se había engañado a si mismo creyendo lo contrario, ¡era un completo imbecil!
De un solo empujón fue arrojado fuera de la celda.
- ¡Chico, no! ¡Llévenme a mí!- Gritó Nim, aferrándose a la reja, despertando a los demás presos que se levantaron para ver que sucedía.
Olvídalo Nim, gracias, pero esta es mi vida y debo encarar mi destino. Le dedicó una sonrisa tranquilizadora y camino hacia la salida, cuando la puerta se cerró tras ellos, su compañero sollozaba.
Miró a donde lo habían conducido, era una habitación muy pequeña, completamente blanca y en el centro, solo un par de sillas, y otra puerta.
Una de las sillas era ocupada por un sacerdote, que le indicó que se sentara frente a él, se dejó caer sobre ella, y el guardia abandonó la habitación.
- No creí que fueras tan joven- dijo el sacerdote examinándolo, él no dijo nada- Eres inocente ¿verdad?
- Solo del crimen que me condenó, pero he cometido un crimen peor- dijo sin expresión - …Confieso que cometí el error más grande que un hombre puede cometer, no viví, no me hice merecedor del regalo de la vida, y ahora que la muerte me ronda me arrepiento.-suspiró.- yo…
El sacerdote se dio cuenta que la perturbación era por algo mas doloroso.
- Tranquilo, es hora de desahogarse, debes morir con tu alma en paz.- y le sonrió calidamente a ese muchacho de tan triste mirar.
-La única razón por la que quisiera vivir, es para hacerme merecedor del cielo…y volver a ver a mi madre.
- Si esos son tus pecados, estoy seguro de que la verás.- dijo tras un instante de silencio, contemplándolo con dulzura.
En ese momento entró el guardia, ya era hora de terminar y ejecutarlo. Se dirigió lentamente a la puerta tras ser bendecido por el padre.
El aire afuera era muy frío, el viento gélido chocó contra su rostro descubierto. Sintió algo húmedo sobre su nariz, alzó la vista, había comenzado a nevar.
-Muévete niño, me congelo- lo apremió el guardia.
Avanzaron hasta el patio posterior, allí lo esperaban. Si no fuera porque era imposible, hubiera jurado ver a la muerte junto a su verdugo. Se estremeció.
A cada paso que daba, millones de recuerdos acudían a su mente; a cada paso, se aferraba con mas fuerza a la vida, pero nada cambiaria el designio.
Le ordenaron alejarse, se ubicó a un metro del muro donde otros, ya habían marcado el lugar.
El guardia que sería su verdugo, se ubico frente a él, al otro extremo. Comenzó a alistar su rifle.
A un lado, vio al sacerdote con una Biblia abierta entre las manos, que entornando los ojos hacía el cielo, comenzó a rezar por su “condenada alma”.
Ya estaba todo listo, miró por ultima vez hacía el cielo, y entre las nubes se asomaba tímidamente la luna, con una actitud arrepentida.
El guardia se acercó a él con una tela negra en las manos, fijó la vista al frente y algo llamó su atención.
Tras el guardia con rifle, había una mujer encapuchada que mirando el piso, sollozaba. Ella alzó la vista en el preciso momento en que la venda cubrió sus ojos, pero para él, fue suficiente.
-Mamá…- murmuró sonriendo mientras una lágrima caía por su mejilla.
La lágrima pereció en la nieve, al tiempo que un ruido secó rompió el silencio de la noche.
Luego, todo se volvió oscuro.

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