martes, 16 de octubre de 2007

|| Las 7 puertas || Capítulo 1


Copos de Nieve
Ian
Sentado junto a la ventana, como hacía cuando era todavía un niño en su habitación en la torre oeste, miraba como nevaba.
Concentrado en los copos de nieve que nacían para realizar su único y fatídico viaje, recordaba las palabras que su padre había pronunciado.
“Los copos de nieve son igual a las personas, únicos e incomparables; el viaje que emprenden antes de llegar a la superficie que los acabará, es distinto para cada uno y no puedes predecir como será o donde morirá. Nuestra vida es igual, no puedes prever y saber cuando y como acabará el viaje de otro, solo puedes elegir tu camino, y esperar sereno a que el sendero termine…”
Las únicas palabras hermosas que le había dedicado su padre, él que le dio la vida pero que poco o nada lo había querido. Inconscientemente trataba de convencerse que todos los golpes e insultos eran para que aprendiera a sobrevivir, para que se hiciera hombre, después de todo, le dio un nombre, comida y un hogar. Pero tampoco podía olvidar, que fue él quien...
Sacudió su cabeza tratando de eliminar esos recuerdos de su mente, tanto tiempo y aún seguía pensando en Nergal, quizás trataba de encontrar una respuesta a lo ocurrido, pero ¿había realmente una respuesta?
Suspiró y volvió a concentrarse en la gran nevada que caía afuera, ¿era la vida humana tan corta y sencilla como la de aquellos copos? ¿Fue su vida así de simple…?
Llevaba dos días así, sumergido en preguntas sin respuestas, embriagado por el pasado, perseguido por fantasmas que creyó olvidados, atormentado por sus culpas, y angustiado por heridas mal cicatrizadas.

Se encontraba caminando por unas angostas calles despreocupadamente, cuando llegó a una extraña casa en un oscuro callejón, impulsado por un deseo ferviente en su interior, entró. La casa daba señales de estar deshabitada hace mucho tiempo, la luz de la luna se colaba por las ventanas, dándole un aire de misterio al lugar.
Caminó sigilosamente, en realidad lo hacía siempre, era una de las tantas costumbres adquiridas para evitar problemas y sobrevivir. Subió una angosta y empinada escalera, entró en una habitación que debió ser el dormitorio de una joven, miro a su alrededor. Nada.
Decepcionado se sentó en la cama, creyó que la casa tendría algo que podría interesarle, pero era un lugar común y corriente, pero ¿porque sintió ese deseo cuando la vio? Reparo en un cuadro en la pared tapado con un manto, deslizó suavemente la tela hasta descubrir el cuadro. Era una pintura en óleo, la descolgó y a la luz de la luna pudo reconocer al hombre y a la mujer del cuadro; se quedo paralizado. Se dejó caer en la cama sin dejar de apretar la pintura.
- Nadia…- murmuró- mi Nadia.
Ese era el nombre de la muchacha del cuadro, y el joven junto a ella, el hombre que ella miraba con aquellos ojos llenos de amor, era él.
Él la había amado, aunque los demás lo vieran como un juego caprichoso de parte del adolescente adinerado, pero la amó profundamente.
Lo único conseguido con ese amor, fue la ruina de esa familia, la muerte de los padres y… el suicidio de Nadia.
Una nota cayó del reverso de la pintura, realizada por un bien pagado pintor, cuando no había condena para el tierno amor. Dejando el cuadro a su lado, se inclino para recoger el papel. Lo leyó en silencio, era un trozo de una carta, escrita por una letra que él conocía muy bien, Nergal.
A pesar de no estar completa, lo que contenía era suficiente para comprender el objetivo de la carta. Ésta hablaba de él, o mejor dicho, lo que era él. Terminó de leer, arrugó y lanzó lejos la carta.
Ahora comprendía porque la chica se había suicidado, sintió como su corazón se llenaba de rabia contra Nergal. No, lo que dominaba su corazón era dolor, se sentía herido al comprender que cuando le mintió a su amada, por miedo a que lo dejara; no se equivocó.
Ahora comprendía su mirada antes de enterrarse esa daga en su corazón, era miedo, ella sentía miedo, no de lo que pudiera pasarle, sino de él.
Ahora entendía porque durante años veía su mirada cuando cerraba los ojos, entendía la verdadera razón por la que se sentía culpable de su suicidio.
Todos los recuerdos enterrados aparecieron vívidos. Miró angustiado a su alrededor, reconocía todo; en cada rincón de esa casa había un recuerdo, un sentimiento, en todos lados imágenes del tiempo juntos, sentimientos y momentos que lo hicieron tan feliz, pero que ahora lo hacían sangrar.
Caminó por toda la casa, encarando un pasado que debía estar borrado. Con los ojos anegados en lágrimas, miró sobre la fría chimenea, se podía leer claramente escrita con sangre estas palabras: “Lleve a mi familia y mi vida a la perdición… Cambiando cielo por infierno, me enamoré de un monstruo.”
Un monstruo ¿eh?... eso fui para ti…nada más que el demonio que te guió al infierno.
No podía soportarlo más, sus recuerdos felices poco a poco se iban desdibujando y volviéndose grises sin que pudiera hacer nada. Solo había una forma de terminar con el tormento, menguar un poco el dolor.
Salió de la casa sin mirar atrás, de su bolsillo sacó un encendedor, lo prendió al tiempo que lo lanzaba contra la casa. Inmediatamente la seca y antigua madera prendió, iluminando el cielo y la ciudad. Observó inexpresivo, como el fuego arrasaba con una parte de sus recuerdos, calmando el dolor. Su vida con Nadia se iba reduciendo a cenizas, desaparecida por el poderoso y puro fuego, mientras él desde afuera observaba silencioso la escena.
Permaneció ahí hasta que el fuego se extinguió por completo, luego se acercó, y dentro de las cenizas tomó su encendedor intacto, lo limpió y lo guardo en su bolsillo. Sin volver la vista atrás ni dedicarle un adiós, se alejó del lugar en medio de la silenciosa ciudad, cobijado por la oscura noche.

Alguien llamó a la puerta, sacándolo de su ensimismamiento. Era Jane, la ama de llaves, una mujer anciana de rostro amable.
- Señor esta lista la cena.- dijo suavemente.
- Gracias, bajo de inmediato.
Jane y Lond, su mayordomo, eran los únicos sirvientes fieles que tenía, los únicos que lo conocían verdaderamente.
Bajó y entró en el amplio comedor, la chimenea hacía casi tres semanas permanecía siempre encendida, desde que había comenzado el crudo invierno.
Se sentó en la cabecera de la gran mesa. Y la mujer le trajo la comida, dejándola en la mesa con una sonrisa maternal.
Jane no tuvo hijos y desde hace más de cincuenta años que trabajaba para él, tratándolo como su hijo. Despertando en él, un apego y necesidad casi infantil; hace muchos años que se había vuelto dependiente de los cariños y mimos de la anciana.
Luego de cenar, subió hasta su biblioteca y situándose frente al ventanal, dejó que los acordes de su violín llenaran toda la estancia, su corazón y mente.
La melancolía que impregnaba cada una de las notas, daban la sensación que el violín lloraba y gritaba lo que su dueño no era capaz de expresar.
La casa se encontraba en completa quietud, las pocas personas que habían en la residencia, cautivados por los hermosos acordes, se detenían para escuchar extasiados, el instrumento que su señor tan bien dominaba.
Siguió tocando, con rostro sereno, mientras la luna asomándose por entre las nubes, derramaba su luz sobre su rostro. Cerrando los ojos dejó que la música se apoderará de él, inclinándose hacía delante para llegar a la cumbre de su interpretación; y luego, suavemente y con una tristeza claramente impresa, su violín lloró la última nota.
Dejó el instrumento sobre la mesa, e inmediatamente entró su mayordomo, con rostro alarmado.
- ¿Pasa algo Lond? ¿Por qué traes esa expresión?-dijo mirándolo con ese rostro sereno y un tanto melancólico que nunca lo abandonaba.
-Si… Lo esperan en el vestíbulo.-
Bajó, sin esperar a nadie conocido. Entró, un hombre de largo abrigo negro, le daba la espalda examinando la habitación.
-Señor… en que puedo…-
Pero antes de que pudiera continuar el hombre volteó, sorprendiéndolo profundamente.
- No puede ser- Murmuro tembloroso mirándolo con rostro asustado.- ¡Eliott!

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