
El tiempo se me acababa, lo sabía. Recostada en la camilla oía el desagradable pitito que marcaba mi pulso cardiaco.
Mi mano fría e inerte, era sujetada por el único hombre que ame, sentía su calidez, lo oía sollozar mientras algunas de sus lágrimas caían en mi mano que temblorosamente, él sostenía.
Quería consolarlo, decirle que lo amo, abrazarlo, besarlo; pero a pesar de que mi corazón gritaba sus deseos, mi cuerpo había perdido toda su vitalidad y no respondía a mis suplicas.
De pronto, fue como si el tiempo se congelara, todo se había detenido, solo oía mi respiración que comenzaba a agitarse.
Él estaba parado delante de la puerta de mi cuarto, lentamente se quitó la capucha y alzó su rostro. Su piel era pálida y tersa, sus rasgos gozaban de una lozana juventud, sus ojos de un color gris me miraban serenos y vacíos. Su rostro inexpresivo me aterraba y a la vez me atraía. Nunca había visto a alguien tan hermoso, era simplemente perfecto.
Caminó y se paró frente a mi, posó su mirada en mi novio y le impuso lentamente su mano derecha, no comprendía que hacía, no quería que lo tocara, pero no hice nada por evitarlo, el miedo me paralizaba.
Se volvió hacía mi, escrutándome con la mirada.
-¿Estás lista?- me dijo con solo un susurro, tranquilizándome.
Asentí y me puse de pie. Inmediatamente el tiempo comenzó a correr, ajeno a mí. Miré la camilla donde se encontraba mi cuerpo inerte, demacrado y consumido por el cáncer y la quimioterapia. Me volví hacia el espejo del muro y ahogué un grito de sorpresa. Mi cabello rojo y rizado caía sobre mis ojos como antaño, mi rostro había recuperado su color y mi cuerpo se encontraba otra vez vigoroso, estaba mejor que nunca.
A mi espalda los médicos acababan de “fijar” la hora de mi muerte, tras no responder al electroshock. Mi novio se abalanzó sobre mí, llorando amargamente. Me estremecí, oprimiendo las ganas de llorar. Me acerqué lentamente, ¿Qué podía hacer? ¿Cómo consolarlo si ya no podía tocarlo y él no podría sentirme? ¡Por favor solo un abrazo!
Me tope con unos ojos grises que me esperaban, es cierto, yo ya no pertenecía a este mundo, era hora de marcharme. Con un profundo dolor le susurré a mi amado mi último “te amo”; que de alguna manera él escuchó, pues levantó su rostro empapado en lágrimas ilusionado.
Ya no podía alargar mas la espera. Él me tendió su mano, mientras sus ojos plateados me miraban con una irreal dulzura; yo la tome mientras lentamente nos poníamos en marcha, sus pasos eran lentos y sin prisa, dándome tiempo para entender y recordar…
Mi vida comenzó a pasar rápidamente delante de mis ojos, recorriendo todo lo que viví con sumo detalle, viendo y sintiendo cada lugar, persona y sentimiento.
Noté con tristeza lo feliz que fui cuando niña y lo poco que gocé mi adolescencia, me avergoncé de ciertas actitudes y de las tonterías que me hacían enojar. Me arrepentí de haber sido tan cerrada, tan fría, tan poco expresiva. Me arrepentí de no haber demostrado mi amor.
Note que mi rostro estaba empapado y las lagrimas no cesaban de caer por mis mejillas; Él sujeto mi mano con fuerza, dándome su apoyo, trasmitiéndome su serenidad y fortaleza.
Se volvió hacia mí y sostuve su mirada, comprendiendo que me decía su silencio. No debía arrepentirme de nada, pues ninguna acción era en vano; incluso aquellas que consideré malas habían tenido una repercusión positiva; esa era la magia de la vida.
Todo esta ordenado y equilibrado perfectamente, todo ha sido creado por una sola mano, y ya todo se encuentra escrito de tal manera, que nada alterará el orden, nada puede cambiar el flujo natural de la vida. Las redes celestiales se siguen tejiendo, los ríos siguen fluyendo, la vida sigue creciendo; hasta que el día previsto por el creador, todo volverá al lugar de inicio, el lugar donde todos aquellos que han terminado su misión en la tierra se dirigen, para aguardar y ayudar a aquellos que amaron y pronto vendrán.
Sonreí y mire al frente, ya no sentí miedo, tomada de su mano atravesamos el portal dirigiéndonos hacia la luz, hacía el comienzo.

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