
Una silueta surgió desde el bosque encontrándose de frente con la alborada, el sol bañó su cansado y sudoroso rostro y su cabello fue mecido por el viento desperezándolo. El jinete se acomodó en la montura y tiró las riendas de su caballo para acelerar el paso, deseaba fervientemente llegar pronto.
El corcel relinchó fatigado bajo su peso, llevaban mucho trayecto de marcha y el descanso era nulo. Guió al animal hasta el riachuelo para que bebiera, sinceramente los dos necesitaban descansar. Bebió junto al animal y luego lo acarició agradeciendo su fuerza, en esos 2 largos años había sido su único compañero fiel. Una punzada de dolor recorrió su brazo izquierdo, la herida que por poco le quita la extremidad seguía abierta y el dolor lo envuelve con una fuerza que le nublaba la vista.
Se apoyo en un árbol, respirando profundamente, tratando de bloquear su dolor y cansancio, a quedaba tan poco, nada lo detendría. No tenia nada para comer así que tras una breve pausa retomó la marcha.
Tomo el sendero que tan bien conocía, el que llevaba a su ciudad, el mismo sendero que dos años antes dejó con el corazón destrozado.
Su estado era deplorable, había adelgazado mucho, el poco descanso y el esfuerzo sobrehumano habían dejado su marca, estaba demacrado y su mejilla era surcada por una delgada cicatriz. El largo viaje sin descanso tenía su ropa harapienta y una capa de polvo se adhería a su sudoroso cuerpo. El joven rostro de apariencia infantil había quedado entre la espada y los cuerpos inertes, aun así su agraciado rostro y su gallarda apariencia aun se mantenían intactas. Quizás debiera cambiarse antes de volver, pero su impaciencia era demasiada.
Era más de mediodía cuando vio su ciudad a lo lejos, entre dos montañas, igual que como la dejó. Gracias a Dios la guerra no había llegado hasta ahí, se estremeció al pensar en el dolor que causaría al ser el único sobreviviente de todos aquellos que partieron. Cuantos hijos, padres, esposos y amigos quedaron entre tanta sangre y muerte; en ese campo que se convirtió en el escenario del armagedon, el infierno mismo.
Por fin ya cerca del atardecer se encontraba en la ciudad, recorrió la plaza, pasó frente a la panadería, el mercado, la iglesia, pero no se detuvo a saludar a nadie, y con quienes se cruzó no lo reconocieron, mirándolo como un forastero errante.
Por fin llegó hasta una pequeña casa blanca, entre la herrería y la pastelería de doña Julia. Ató su caballo en la entrada y corriendo salto la pequeña reja, tocó la puerta sintiendo su corazón latir con fuerza, el cual se desbocó por completo cuando la puerta de abrió y una joven mujer salio y ahogó un grito mientras las lagrimas bañaban su rostro.
- Dios… es un milagro...- murmuró con voz quebrada. Como respuesta él la abrazó y la besó con dulzura.
Tras la mujer una pequeña niña se asomó y él con los ojos anegados contempló por primera vez a su hija, la tomó entre sus brazos y la niña lo abrazó, por fin conocía al héroe del cual tanto había hablado su madre.
Afuera el crepúsculo teñía de hermosas tonalidades rojizas el cielo, otro día moría, pero para él era el comienzo de una nueva vida, la alborada.

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