Un nuevo día comenzaba en mi tierra, lo más austral del continente, el último rincón del mundo. Nuestras vidas llevaban un curso normal y bastante bueno según lo que conocíamos, la corona española gobernaba y nuestra fidelidad al rey era completa.
Pero no todos estaban orgullosos de ser tan solo una colonia de la lejana tierra peninsular.
El mundo estaba siendo agitado por grandes cambios: Las ideas de igualdad de unos señores franceses se extendieron por todos lados y a pesar de las prohibiciones, los criollos que se marcharon a estudiar a España volvían con unas ideas revolucionarias que asustaban a muchos. Más tarde, hasta nuestros oídos llegó la noticia de que rodó la cabeza del rey francés, y para el asombro de todos la guillotina comenzó a caer con más regularidad que cualquier otra cosa. A esto lo siguió la independencia de nuestros vecinos del norte.
Finalmente, algo inesperado ocurrió, el rey de España fue apresado y asumió un señor francés, hermano del hábil militar Napoleón Bonaparte; pero como no era el rey legítimo a los españoles no les agradó y acordaron auto gobernarse hasta que volviera nuestro rey.
Como es de esperar la noticia causó gran conmoción; los ánimos no estaban muy buenos: las grandes y absurdas diferencias entre los peninsulares y criollos, la nula libertad que teníamos para expresarnos y comercializar y por supuesto los abusos cometidos sin control por quienes nos gobernaban en representación del rey; todo esto logró que muchas voces silenciadas por el miedo comenzaran a murmurar y a rumorear, incluso hasta nuestros oídos llegaron algunas de las ideas que planteaban los estudiosos y entendidos, pero el miedo era claro ¿Autogobernarnos?
Se decidió convocar una junta para conversar y evaluar la situación, así el 18 de septiembre del 1810 se realizó la que sería la primera junta de gobierno, en la cual el señor Mateo del Toro y Zambrano fue el presidente y asistieron un grupo de empolvados señores de avanzada edad, según oí quienes mejor podían decidir el curso de nuestras vidas.
A pesar de que se dijo que era nuestra única oportunidad para imitar a la tierra norteamericana, se acordó lo “más” audaz: autogobierno hasta el retorno del rey, un gobierno aún fiel a la corona. Pero los meses pasaron y el rey no era liberado, por lo que se llamó a Congreso. Sobre eso no supe mucho nunca, solo sé que quienes fueron elegidos por votaciones iniciaron su gobierno aún en espera de la liberación del rey.
Es aquí cuando hizo su aparición un atractivo joven criollo, “hermoso como un lirio” según decían y no sin razón, el “príncipe de los Caminos” José Miguel Carrera, tercer hijo de una acaudalada familia criolla. José Miguel Carrera regresó a Santiago con ánimos muy revolucionarios, y sabiéndose agraciado, rico e inteligente, decidió actuar.
“Esta oportunidad no se volverá a repetir” “estamos listos para gobernarnos” “Haré de Chile un país independiente” “No necesitamos de la corona española”, estas y otras cosas eran las que decía Carrera y sus amigos de las cuales yo oí a hurtadillas o me contaron mas tarde.
Fue así como Chile presenció el primer golpe de estado liderado por José Miguel, quien junto con sus amigos irrumpieron a caballo en el congreso, expulsando a los congresistas y gobernando ellos en su lugar, o propia mente tal el impetuoso José Miguel Carrera.
Pero nuestro nuevo gobernante no era tonto e inmediatamente buscó ganarse nuestro apoyo, el del pueblo ignorante que temíamos la represión española y el que nada sabía sobre gobierno, igualdad y libertad. Para esto, creo símbolos, para que pudiéramos identificarnos y sentirnos orgullosos, Javiera Carrera según dicen, fue quien hizo la bandera bajo las ordenes de su hermano. También se hizo un Himno que mucho tenía de Vals, nuestro primer escudo con lema incluido, un diario, una biblioteca y otras cosas más de las cuales no supe o no recuerdo.
Por supuesto también hizo un reglamento constitucional, por lo que me explicaron eran las primeras leyes que nos regirían.
Pero como las cosas nunca son fáciles, se hicieron latentes otros problemas, problemas internos. Santiago era la capital, pero todos sabíamos que Concepción quería serlo y reclamaba apelando que las decisiones de todos se decidían solo en Santiago sin consulta al resto de la ciudadanía. Otro punto era que muchos no soportaban a José Miguel Carrera, por su arrogancia, por envidia, quien sabe por cuantas cosas más. Pero el enemigo más fuerte del joven Carrera era el llamado “guacho Riquelme”, como muchos y en especial José Miguel gozaban llamándolo. El guacho Riquelme no era otro que el hijo no reconocido hasta el día de su muerte por el señor O´higgins.
Para no seguir desviándome en temas más íntimos, continuare con el tema central que eran los problemas que surgían entre nosotros, José Miguel Carrera en Santiago y Bernardo O´higgins en Concepción. Surgieron dos bandos, los que apoyaban a uno o a otro, Carreristas V/S O´higginistas, las cosas estaban tan tensas que todos nos esperábamos el estadillo de una guerra civil.
Entonces, algo obligo a unirse a estos dos líderes revolucionarios: Nuestro esperado y queridísimo rey de España fue liberado, y este amablemente hizo caso omiso a su lapsus de ausencia y no halló nada mejor que castigar a las colonias que habían osado intentar independizarse. El rey envió a su ejército a Chile, nos librábamos de la guerra civil para caer en una guerra por mantenernos más o menos independientes.
Varias batallas se sucedieron pero lo que marcaría y acabaría con esto, fue en 1814 el Desastre de Rancagua. O´higgins lideraba el ejército que se ubico en la plaza de Rancagua, pero los españoles los rodearon y bloqueando las entradas cortaron el suministro de agua, Bernardo aguantó hasta que no pudo más y, como había acordado con José Miguel Carrera, envió un mensajero.
Aquí nunca me quedó claro que sucedió, a algunos les oí decir que O´higgins envió el mensajero el cual fue asesinado por los españoles, y por lo tanto el mensaje nunca llegó. Pero otros dijeron, que es algo un poco más oscuro, que el mensaje si llegó a manos del joven Carrera, pero para este fue más poderoso su odio hacía Bernardo, y haciendo caso omiso de la llamada dejó a su compatriota a merced de los españoles.
Sea cual sea la verdad, el resultado fue evidente, los españoles arrasaron con nuestras tropas y los sobrevivientes tuvieron que huir a Mendoza. El miedo se apoderó de nosotros, nuestros líderes fuera, estábamos solos nuevamente bajo el yugo español, no nos quedaba nada más que la esperanza de que volvieran a ayudarnos.
Los españoles habían triunfado, pero tengo fe que su victoria no durará.
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