Límite
Eliott abrió la puerta de la sala en la primera planta que estaba cerrada con llave. La creciente curiosidad de Ian y su reticencia por preguntarle nada, para no hacerle daño, enojarlo o quien sabe que miedo ridículo; lo divertía. Así que decidió abrir la sala, estaba preparado para enfrentar la oleada de recuerdos, después de todo, cerrada o abierta su presencia estaba allí y su perfume impregnaba cada rincón, no importaba cuanto abriera las ventanas, que inundara con un sinfín de aromas tanta agradables como asquerosos, el perfume de su piel y su cabello eran una huella indeleble. Idiota enfermo, bien sabía que era su mente la que provocaba todo eso, pero no por ello el asunto cambiaba.
Eliott prendió la luz de la gran araña que pendía en el centro de la sala y recorrió con su mirada cada centímetro, olvidándose por un rato de Ian que a su lado parecía encantado.
Ian comprendió cuando se volvió hacía su anfitrión que por una absurda coincidencia el antiguo responsable de la puerta también era músico; mas bien música. Y esa era la sala donde ejercía su arte, una gran variedad de instrumentos que más bien eran reliquias por su antigüedad permanecían intactos y en perfecto estado.
Se acercó enamorado a ese instrumento que fue su compañía tanto tiempo y que ahora esperaba en su casa, junto a esa mujer y ese hombre que lo querían como si su hijo fuese y que solo ahora se daba cuenta que tanto echaba de menos, cuando cerró esa puerta junto a Eliott no esperaba que se alejaran tanto, y aunque el tiempo era breve incluso para la efímera vida de un hombre cualquiera, el mar de emociones y experiencias vividas, los grandes cambios que se habían gestado en su interior le daban la ilusoria impresión de que eran años... pero unos maravillosos años, en que volvió a sonreír, a dormir en paz, y a disfrutar la calidez del amor; en esa fría fortaleza cubierta de nieve que era su hogar habitaba el espectro de un pasado enterrado. Si la felicidad de su corazón resistía hasta cuando su mentor anunciaba que el problema latente estaba solucionado y la bandera de la victoria era cantada, se llevaría su amor para llenar esa gran casa como debió ser si el mundo fuese justo.
El violín se acomodó en su cuerpo, y se sintió completo. Mientras con lentitud, como pidiendo permiso, arrancaba con dulzura las primeras notas, dejó que el espíritu de la música se apoderara de él, la melodía danzó en el ambiente libre y feliz, llenando cada rincón. Tantas emociones en su corazón y por fin tenían voz, el violín dejó guiarse y envolverse por el beso de su amado; fuego y hielo, día y noche, luz y sombra, en un segundo, en cada instante; del frenesí a la calma, el corazón desbordante bailaba en su interior y de pronto se serenó como besado por un ángel, las últimas notas fueron pronunciadas y vibraron en el aire para luego perderse en silencio en la eternidad.
Dejó el instrumento en el mismo lugar donde hace tanto tiempo descansaba esperando unas manos cariñosas que lo devolvieran a la vida. Eliott apoyado en la puerta cerrada lo miraba con una media sonrisa.
- Continúa- susurró, se dejó caer y sentado en el piso cerró los ojos.
Ian tomó una flauta traversa e improviso una melodía, como hacía cada vez que componía, pero esta vez los sentimientos que motivaban la melodía eran puros y luminosos; quizás fuera porque al tocar cerró sus ojos, pero cuando la nueva melodía acabó la sala parecía más iluminada. De pronto su vista recayó en un hermoso piano de cola, se acercó y quitó la tela que lo cubría, se quedó un minuto estupefacto, realmente el instrumento era una obra de arte... indescriptible.
Se sentó en el banquillo frente a él, unas cuantas composiciones yacían sobre el piano, le bastó una mirada para percatarse que era un trabajo complicado, refinado, único y maravilloso. Con curiosidad comenzó a reproducir lo que para cualquiera hubiesen sido garabatos en un papel pero que bien sabía él, era más que música. De pronto los papeles fueron arrancados interrumpiendo de golpe la interpretación.
Eliott sostenía los papeles en su mano, pero los volvió a dejar con demasiada fuerza sobre el piano boca abajo.
- Esos no- dijo lacónico.
Ian lo miró a los ojos, suspiró.
- Me decías que lo superara que continuara mi vida ¿qué haces tu?
- Yo he continuado mi vida, Ian..
- Si, pero evitando... quiero decir, sé que es tortuoso tener que volver a la casa donde guardas los mejores momentos, donde compartiste lo mejor de ti, donde construiste algo hermoso, donde en cada rincón hay recuerdos. Sé que aún su aroma impregna cada habitación, que a veces sientes su presencia, su adorada voz pronunciando tu nombre, sus caricias cuando duermes en el lecho donde tantas veces la amaste. No quieres que toque la melodía porque revivirás sangrando el instante en que ella te trajo hasta aquí y te mostró lo que había creado para ti. Pero así como la habitación en el barco de David, la cajita de música, esta casa, esta sala, esta canción te recuerdan a ella, no es esa la causa, porque todos los recuerdos los reviven tu corazón. Y aunque no se como, puedas sellar los recuerdos como si no existiesen, no puedes sellar el amor. El amor no se puede olvidar porque no se recuerda, se vive.- tomó una pausa para respirar y continuó- Así como tu me ayudaste, yo quiero devolverte el favor, no se como, pero esto es un comienzo, quiero que esa herida sane y seas como eras antes; bueno no se como eras antes porque yo no existía, pero de seguro eras mucho más feliz, y.. oh demonios, ahora me siento culpable. Bueno ese no es el punto, te prometo aunque me lleve mil años, te ayudaré.
Finalizó su perorata, satisfecho espero la reacción y respuesta; pero Eliott sonreía como el adulto que observa al orgulloso niño que le muestra su mejor gracia.
- No busco sellar mi amor, Ian... y estás en lo cierto- volteó y caminó con lentitud por la habitación- un viejo dicho dice que es tan corto el amor y tan largo el olvido- desde el otro extremo de la habitación se detuvo y se volvió- Dos milenios de amor, imagina el olvido.
Ian lo miró compungido y guardó silencio ¿qué podía decirle?
- Yo encontré mi otra mitad... ella ya no esta y yo continuo con solo una de mis alas.- le dijo con tono sereno, volviendo a apoyarse en el piano de cola.
- Pero ni siquiera has tratado de buscar otra mujer, sé que es improbable volver a tener ese fantástico golpe de suerte... o al menos estar abierto a la posibilidad.
- Yo estoy abierto al amor- respondió sonriendo- las amo a todas.
Ian lo miró con reproche.
- Al menos podrías mirar a tu alrededor, quizás tu medicina este más cerca de lo que crees- le dijo.
Eliott suspiró con pesar. Jamás olvidaría a Zarepsena, pero sabía que la propuesta de Ian era real, quizás podría volver a amar, no en la misma medida, ese amor era sublime, pero si amar de verdad y con intensidad a otra mujer. Era hora de avanzar, era hora de un cambio.
- Toca- le pidió a Ian, devolviéndole las partituras.
Ian miró sorprendido a su mentor, pero en su semblante había determinación, miró sus ojos y estos estaban tranquilos. Obedeció.
Eliott se sentó en el piso, apoyando su espalda contra el muro. Cerró los ojos. La música, esa melodía que había mantenido erradicada, entró con fuerza por cada poro de su ser, se tensó, esperando ser atenazado por ella. Pero al contrario; como una caricia recorrió cada rincón, invadiendo y dando alivio, el miedo se disipó dejando entrar nuevos aires, la rabia se disolvió dando movilidad a una agarrotada alma, la nostalgia estalló lejos liberando a la mente de sus tormentos y por último los dulces acordes tocaron su corazón, besando la herida con dulzura, que medio abierta inmediatamente cicatrizó, dejando apenas una línea delgada que molestaría cuando el corazón fuera apretado nuevamente. Abrió los ojos, mirando por la ventana el cielo, pero no lo vio; sorprendido se dio cuenta que sus ojos estaban anegados en lágrimas de emoción, las contuvo y volvió a cerrar sus ojos. En completa paz, estuvo a punto de tocar el cielo, sintió los brazos de ella rodeando su cuello dándole consuelo, pidiéndole que continuara, susurrando que lo amaba, que quería verlo feliz como cuando estaban juntos...
Recordó cuando, hace demasiados años, él lloraba no recordaba porque cosa; ella calmó su pena y le dijo: “Vamos, mi amor, tu sonrisa fue una de las cosas que me enamoró, dame esa luz otra vez”. Y él volvió a sonreír, por siempre.
El piano quedó en silencio otra vez. Tras unos instantes, Eliott miró al ejecutor que permanecía quieto, las manos y la vista fija sobre el piano, miró su rostro y se dio cuenta que estaba llorando. Se puso de pie y se acercó al rubio, este alzó la vista y le sonrió débilmente. En silencio, plata y oro se encontraron y comprendieron la magia que poseía la creación de esa mujer, el poder de dar vida al alma. Ian pensó que quizás puso parte de su soplo de vida en la composición, o en realidad era causa de la música y sus extraños encantos y misterios; sea como fuese era maravilloso.
- Tienes razón- rompió el silencio Eliott- no vendría mal un cambio.
Su sonrisa le dio un escalofrío, sea lo que fuese, estaría involucrado; pero si eso era un paso, haría cualquier cosa.
Eliott le explicó su idea, y comenzaron de inmediato. Desmantelaron la sala de música, exceptuando el piano de cola; mas bien, Ian la desocupó mientras Eliott iba en busca de lo demás.
- ¡Toca, no te detengas, ocupa cada emoción de tu ser!- exclamó al volver.
Así los dos encerrados en la habitación, se dejaron arrastrar por el arte; Ian con los ojos cerrados tocaba extasiado, solo a veces despertaba de su trance, para ver como su mentor, a una velocidad alarmante, pero con el talento de Miguel Ángel, más en realidad, plasmaba cada sentimiento trasmitido por su interpretación, los paisajes, figuras y colores más increíbles y hermosos decoraban la habitación. Un poco después de que Ian acabara de tocar, un poco acalambrado a decir verdad, Eliott se tiraba al piso luego de lanzar sus herramientas sobre una mesa.
- Eso estuvo increíble- exclamó risueño.
Ian coincidió y miró la obra de su maestro. Si bien cada uno de los muros –y techo-de la habitación era diferente, había un motivo que predominaba. Sonrió, era exactamente lo que sintió, vio y recordó. Alegría, sin duda, pero la alegría llamada nostalgia que sentimos al revivir esos hermosos momentos que son parte de un precioso pasado que no volverá.
- Debemos hacer esto más seguido- bromeó Ian.
Eliott rió con ganas.
- Así se hará, amigo mío- afirmó
Volvieron a ubicar las cosas de la habitación que, durante toda la tarde habían ocupado; pero el hogar donde descansaban ahora los instrumentos era muy distinto, o mejor dicho, era pleno.
Durante los días que siguieron, se dedicaron a transformar la casa renacentista en una casa... de estilo particular. Cada habitación predominaba un motivo, que se traducía o en una tonalidad, sino transmitía una sensación que trataron de mantener al redecorar cada habitación. El único lugar que permaneció indemne fue la gran biblioteca; de hecho Eliott casi golpeó a Ian cuando este sugirió que podrían cambiarla.
- Ella es perfecta, no necesita ninguna intervención, quizás una nueva adquisición pero más tarde haremos eso- le dijo.
Barani y Lilian salieron juntas mientras los dos nuevos lunáticos trabajaban. Felices de verlos radiantes, limpiaban sus desastres con agrado cuando estos, exhaustos, se dormían en cualquier parte tras acabar. Solo los interrumpían para llevarles comida, que en menos de dos segundos era devorada.
Cuando llegaron a la fachada Frederick quiso ayudar, Ian pensó que Eliott no lo dejaría pero se sorprendió al escuchar que no solamente lo aceptaba sino que además lo instaba a elegir el color. Así la casa pasó a ser azul petróleo y los marcos de las ventanas celestes.
- Se ve preciosa- comentó Ian.
- Si, es hermosa- coincidió Eliott
- Claro, si elegí yo- aseguró Fred.
Por supuesto el exterior de la casa no fue pintado un solo día, tardaron una semana en terminar. Cuando acabaron y se tendieron en la terraza de la recién enchulada casa, Eliott habló con tono despreocupado del dinero invertido en su trabajo.
- ... y ahora queda nada- terminó diciéndole a Ian, que con los ojos desmesuradamente abiertos no atinaba a canalizar la cantidad de dinero empleado sino que solo concentraba su atención en que su mentor decía no tener dinero.
- Pero...-
- Tranquilo, mañana iré al banco- lo tranquilizó riendo.
- ¿Por qué elegiste hacerlo todo de inmediato?
- Porque, hemos tardado bastante y eso ha mantenido las mentes distraídas- confesó sin miramientos- nuestro compañero ha estado jugando conmigo desde que llegamos, estoy harto a decir verdad, pero aún no llega.
- ¿Qué? ¿Viene caminando desde el polo?- dijo Fred emocionado
- Casi- contestó el griego con una sonrisa.
¿Casi? El compañero restante, el misterioso séptimo miembro, aquel que anunció la misión, el eterno. Tantas preguntas se le venían a la mente para hacerle cuando lo tuviera enfrente, aunque pensándolo bien, lo más probable es que las calmara menos que Eliott, si era sincero su mentor lo mimaba bastante en ese punto. Recordó divertido los primeros años, cuando agobiaba desde la mañana hasta la noche a su guía con preguntas, aunque en muchas ocasiones, siendo justo, solo formulaba una y el resto del día se desarrollaba en la respuesta, muchas veces práctica de la interrogante.
Ahora sus preguntas eran tan complejas que o bien las formulaba y recibían una larga y costosa respuesta o eran argumentadamente evitadas y descartadas por completo, o simplemente siquiera las formulaba atemorizado por la respuesta, esas veces, prefería la duda a la posible respuesta. Como bien le decía su maestro, hay cosas que es mejor no saber.
Ian acompañó a Eliott en su travesía al banco, y Lilian acompañó a Ian, este no dijo nada, el último tiempo lo había pasado más con el griego que con ella, y no se había quejado, era su turno de hacer mérito.
Después de tanto tiempo, Ian no sabía como lo haría para ponerse al día con una cuenta que debió haber pertenecido a su tataraabuelo; más aún con la teñida elegida para ir a reclamar una millonaria cuenta, con botas, jeans y chaqueta de cuero, parecía más de aquellos que se proclaman dueños de la carretera sobre una Hearley-Division de cuatro cilindros con una bandera de calavera hondeando al viento.
Entraron y Eliott se dirigió a un tipo que por su apariencia le recordó al típico banquero moderno que ilustran los libros y películas modernas.
-Buenas días señor- dijo sin levantar la vista- ¿en qué puedo ayudar... lo?
Lo miró de arriba a bajo con la boca fruncida, como quien huele un aroma poco agradable. Eliott sin intimidarse explicó que solo venía sacar dinero de su cuenta.
- Muy bien señor....-
-Fontenelle- aclaró este impaciente.
- Muy bien señor Fontenelle ¿el número de su cuenta?- pidió más por desconfianza, pues con la cédula de identidad bastaba para un tramite así de simple.
Eliott respondió y el sujeto abrió considerablemente los ojos, comprendiendo que la cuenta fue creada poco después de que naciera el banco, y eso que este era el más antiguo que existía en el país.
- Lo siento señor Fontelle, todos los datos son correctos, pero es imposible que un muchacho como usted sea el dueño de esta cuenta.
- A vamos, Freddy dame el dinero y deja de jugar- ordenó Eliott sonriendo.
- Chhht!- lo hizo callar- Alguien puede oírte papá.
El griego no respondió y se limitó a esperar a que el otro hiciera su trabajo. Ian y Lilian miraban al cuarentón en el que se había transformado Frederick, se habían dejado engañar por la farsa, aunque en realidad no tenían modo de saber.
- Más atentos, no se crean todo lo que miran, aprendan a ver- les dijo con tono ligero, pero Ian sabía que hablaba en serio.- Recuerden que él puede hacer todo e incluso más que nosotros.
Tenía razón, miró a su alrededor y se quedó mirando a una mujer mayor, se veía tan frágil, tan indefensa; ellos debían parar a ese sujeto, sino ella podría acabar muerta, o peor aún sola y sometida a un falso ídolo que haría de la Tierra un infierno. De pronto recordó a Jean, a Lond, solos en esa gran fortaleza, quizás cuando volviera ellos ya no estuvieran. Si al menos se hubiese despedido sabiendo que el viaje sería así de largo no sentiría ese vacío; debía llamarlos, saber si estaban bien, decirles cuanto los extrañaba y que lo esperaran que él volvería pronto y que les tenía una sorpresa, que ahora era mucho más feliz y que todo sería distinto, esa gran casa volvería a ser cálida, sería otra vez un hogar.
- Ian-
Volvió de su ensimismamiento, Lilian lo miraba con intensidad, le sonrió, y miró a su mentor que lo había llamado.
- Ellos están bien- le dijo.
- ¿Cómo sabes...?-
- Barani me lo dijo, hace tiempo que rondan en tu mente, mas bien en tu subconsciente.
- Los extraño- confesó en voz baja, Lilian lo abrazó por la cintura y apoyó su cabeza en su pecho. Devolvió el gesto.
- Lo sé, lamento no haberte advertido que las cosas serían así- contestó con suavidad- Pero ellos están bien.
- No sé cuanto tiempo más estaré lejos, pero solo pido volver a verlos.- dijo para sí en voz alta.
Ian hacía una petición al cielo, pero el griego quiso ser el cielo y respondió.
- Ellos te esperarán- aseguró.
Ian asintió pensando que no era más que unas palabras de consuelo. Lilian miró al de cabellos oscuros, adivinando en su mirada y en la sonrisa confirmativa que le regaló, que había decidido detener el tiempo. Este manto protector sería levantado cuando el rubio regresara, ellos no serían concientes del verdadero tiempo que había pasado desde la partida de su pequeño hijo. ¿No iba contra las reglas intervenir en los otros?
Salieron del Banco, y al poco andar se les unió Fred, que cantaba sin cesar. Eliott de un andar resuelto y ligero cambió a un paso lento y metódico. Ian miró a su mentor extrañado, estaba pálido pero sus ojos permanecían chispeantes.
Eliott se detuvo apoyándose en una muralla, los otros tres se volvieron para ver la causa de su pausa.
- ¿Estás bien?- preguntó frunciendo el ceño. La respiración de su compañero era irregular.
- Si- le contestó- solo mantenía una conversación poco agradable con nuestro colega escurridizo.
- ¿Conversación?- preguntó Lilian sin entender.
Eliott señaló su mente con una sonrisa que de pronto se volvió en una mueca de dolor.
- ¡Eliott!- exclamaron los dos.
Fred parecía asustado y no se movía.
Ian se acercó para ayudarlo, pero su mentor se irguió casi con prepotencia.
- Estoy bien- aclaró con brusquedad.
A Ian le pareció que su respiración regulada era forzada, de hecho parecía esforzarse en inspirar y espirar de forma rítmica y profunda. El color no había vuelto a su rostro.
Siguieron caminando, en un silencio preocupado. Los tres caminaban despacio, observando a cada momento a Eliott, que mantenía su ritmo al caminar pausado pero constante. De pronto, Eliott Fontelle se detuvo. Se volvieron. Su cuerpo pareció perder toda su energía y cayó.
Como un impulso, Ian se adelantó y detuvo su violenta caída, más bien, evitando que se desnucara contra el piso.
- ¡Ve por ayuda!- le gritó Ian a Lilian que ya corría rumbo a la casa que esperaba a solo dos cuadras de allí.
Ian sin detenerse a averiguar si estaba vivo a no, lo agarró con la ayuda de Frederick y caminaron lo más rápido que les permitía el peso de ese cuerpo inerte a casa.
-Tranquilo Fred, hierba mala nunca muere- le dijo en un tono bromista impropio de él, al ver al desequilibrado a punto de echarse a llorar.
Entraron en la casa.
- ¿Qué sucedió?-preguntó Barani cuando entraron
Lilian permanecía con la mano apoyada sobre el teléfono, estaba mirando a David cuando ellos irrumpieron, el pirata también se volvió a verlos pero permanecía tenso. De pronto Ian tuvo la sensación de haber impactado contra un muro, tuvo que esforzarse en no soltar a Eliott, cuando el dolor menguó observó que los otros habían sentido lo mismo; pero más impresionante era que la casa había vuelto a su estado original, de hecho un aroma dulzón, entre lirio y miel, impregnaba la habitación. Apartó el torrente de pensamientos que surgían, especulaciones para las que ahora no tenía tiempo.
- Llama una ambulancia- le dijo a Lilian despertándola.
- No- contradijo con seriedad.
- ¿Quieres matarlo?- le preguntó enojado.
- Si, pero con mis propias manos- masculló.- Si se pone a hacer cosas como estas en el hospital ¿Cómo lo explicarás?
- Eso es lo de menos con tal de salvarlo... no tenemos idea siquiera de que le sucedió
- No morirá- aseguró.
Ian lo miró sin ser capaz de albergar más rabia contra él, con el ceño fruncido y una mueca de desprecio leyó la expresión de su rostro, su boca era la sombra de una sonrisa satisfecha, alegre del estado en que se encontraba “su jefe”, el resto de su cara roja por la ira permanecía tenso, como un animal- un zorro- listo para aniquilar; sus ojos, pupilas dilatadas producto de la adrenalina apenas dejaban un delgado disco pardo donde había miedo. Ian, sin saber porque tuvo la certeza de que o bien el pirata tuvo algo que ver o había hecho algo contra su mentor, algo que no esperaba terminara así o actuara tan pronto.
- Ian- lo llamó Barani que trataba de reanimar el corazón de Eliott.
Su corazón no latía.
David e Ian se miraron como dos animales al acecho. Dejó el asunto de lado y se arrodilló junto al cuerpo de su mentor golpeando con sus manos su pecho para reanimarlo mientras Barani enviaba sin cesar oxigeno a sus pulmones. Fred acurrucado junto al enfermo, sin moverse, sin parpadear, sin respirar.
Vamos Eliott, vamos hombre ¡Vuelve! No nos abandones, repetía en su mente, comenzando a desesperarse, su corazón se resistía latir. Siguió intentando reanimarlo con más ahínco, sin darse cuenta contuvo la respiración mientras su frente se perlaba de frío sudor, producto del pánico que lo acalambraba.
Soltó el aire que retenía en un suspiro suplicando Por favor maestro, esta no es tu hora, por favor regresa. Se detuvo al sentir el débil palpitar de un fatigado corazón que volvía a la vida. Se apoyó en el piso no sabiendo si reír o llorar, se sentía cansado como si de golpe le hubiese quitado sus energías.
- El soplo de vida- susurró Fred clavando sus ojos de color verde mar al igual que su pelo.
¿Había usado su poder? Se preguntó. No había tiempo para eso, la respiración era irregular, pronto colapsarían sus pulmones, debían intubar. Lo llevaron a su habitación- su antigua habitación- donde Lilian ya había llevado el equipo médico que guardaba Eliott en la casa. No tardaron en estabilizarlo, y se detuvieron un instante.
- Le ha dado un ataque al corazón- confirmó Barani.
- Eso quiere decir que puede volver a fallar- comentó Ian.
- ¿Sugieres un bypass o un transplante?- preguntó con ironía David que solo había observado sin inmutarse.
- Jamás he estudiado medicina, David, pero creo que todos sabemos bastante ¿No?- Si bien muchas veces había tenido intensión de indagar profesionalmente en esa área, por no querer tomar riesgos sólo leyó, es decir, la teoría era perfecta, pero no estaba seguro si sería suficiente.
- Yo no recuerdo nada- contradijo abandonando la habitación.
- Lo mejor será dejarlo descansar- susurró Lily
- Aja... haremos turnos para acompañarlo, lo mejor será no dejarlo solo.- convino Ian, no solo por un posible ataque, no confiaba en el pirata.
Durante días permaneció inconciente, si bien no empeoraba tampoco había mejoría observable; la atención de todos se centraba en el enfermo.
Ian, se dijo que si al acabar la semana no despertaba, llamaría un médico, sabiendo el riesgo, pues al segundo día de ocurrido el accidente se habían encontrado con un niño Eliott y había permanecido así todo el día. En otro momento había hecho adolescente a Barani, para diversión de David que alegaba las dificultades legales que podía tener por estar con una menor.
Aunque permanecía inconciente, el griego la mayor parte de las veces parecía estar sumergido en un mal sueño, su rostro lejos de la serenidad se mostraba atormentado.
David había vuelto a ser el de siempre, colaboraba pero Ian seguía oponiéndose tenazmente a dejarlo a solas con su mentor, este se encogía de hombros y seguía con lo suyo.
Por fin una mañana, mientras Barani un tanto dormida permanecía junto a él, despertó. Ella se inclinó con el rostro embargado por la emoción.
- Hola- saludó Eliott con voz débil una vez reconocido el rostro. Trató de incorporarse pero Barani lo detuvo- ¿Qué sucedió?
- Te dio un ataque, tu corazoncito colapsó y dejó de latir.- le explicó con voz suave.
Eliott permaneció en silencio, y la mujer creyó que estaba asimilando la noticia. La verdad estaba muy lejos.
- ¿Cómo te sientes?- le preguntó con dulzura.
- Bien... un poco cansado, como si llevase días caminando- contestó sonriendo cansino.
El enfermo recorrió la habitación, pero no preguntó nada más. Alguien llamó a la puerta.
- Permiso, Barani- dijo Fred, pero se quedó quieto al mirar la sonrisa de él que se suponía estaba inconciente.
- Me das un momento, preciosa- le pidió Eliott.
Ella asintió y abandonó un tanto curiosa la habitación, Fred se arrodilló junto a la cama, cerró la puerta.
Minutos más tarde Ian entró sin preguntar, aparentaría sorpresa pero Barani ya le había mencionado que hablaba a solas con el loco. Eliott susurraba a Fred manteniendo una mano paternal sobre la cabeza de este. El enfermo se interrumpió y sonrió al recién llegado.
- ¿Cómo estas Ian?- le dijo alegre- Freddy me contaba que me salvaste la vida y como sin querer usaste tu don.
Ian no dijo nada, recordó lo que le dijo “Morfeo” pero le costaba creer como el simple deseo de salvarlo despertó el lado positivo de su poder.
Fred se despidió y salió cerrando la puerta.
- Con la práctica no te cansarás demasiado y podrás hacerlo sin siquiera pensarlo llegando a ser capaz de volver a la vida a los muertos, pero cuidado, eso esta prohibido.
Ian sonrió débilmente ante el tono jovial de su mentor.
- ¿Cómo te sientes?-
- Excelente, solo por prevención esperaré hasta mañana y haremos como si nada de esto hubiese pasado.
Eliott miró alrededor y en un instante la habitación volvió al presente, el esfuerzo que le requirió este simple “movimiento” lo obligó a recostarse, agotado y con el corazón desbocado.
- No te esfuerces- le pidió Ian, pero el otro gruñó frustrado por la repentina limitación de su don- solo descansa ahora ¿si? Duerme.
Un poco a regañadientes pero sin fuerza para negarse obedeció y se sumergió en los dominios de Fred de inmediato.
Cuando despertó era de noche y Barani volvía a estar con él.
Siendo sincero se sentía fatal. Así que ahora tenía un gran resfriado, se diagnosticó tras notar el estado completo de su cuerpo.
- Tengo frío- le dijo a pesar de que por la teñida de la morena debía hacer muchísimo calor.
- Estas afiebrado- le explicó.
- tengo frío- reiteró con voz débil.
Ella le sonrió, se acercó más a él y lo acunó entre sus brazos.
- Gracias- susurró él, antes de dormirse.
El sueño fue sereno hasta que Barani se apartó para ajustar un par de cosas, el chico sudaba y jadeaba casi con angustia, la fiebre iba y venía.
Barani recordó ese periodo oscuro, los años negros y bloqueados de Eliott, la forma en que sobrevivió el luto.
- No quiero volver a verte así, nunca, nunca- murmuró acariciando su rostro y su cabello empapados de sudor.
Como si la hubiese escuchado, la salud del susodicho comenzó a mejorar.
Ian acudió mas tarde para relevar a la morena, pero ella no ser marchó. Conversando con Barani sin querer llegaron a la causa del deteriorado estado de salud del viejo roble: Cansancio.
- Tu ya has comprobado que el uso de nuestros dones fatiga tal cual como cualquier esfuerzo tanto físico como intelectual, dependiendo de la intensidad será el agotamiento posterior. Eliott es el único de nosotros que mantiene permanentemente su don activo.
- Las 24 horas todos los días del año durante milenios...- siguió Ian concluyendo- Nos mantiene a nosotros, sus casas, el barco de David y quien sabe cuantas cosas más.
Lo admiraba, ese hombre desbordaba vitalidad, a pesar de que cargaba una cruz enorme y pesada todo el tiempo.
- Siempre ha sido así ¿Qué lo sobrepasó?- preguntó la morena.
Ian se quedó pensando, pero como siempre ocurría la respuesta se posó en su mente. Ellos te esperarán, había dicho... y había hecho. El favor concedido sin petición había excedido sus fuerzas, unas fuerzas ya debilitadas por el desgaste emocional que se arrastraba desde que pisaron esa maldita ciudad. Así que la vida otorgada no era más que el justo pago por haber provocado su casi-muerte.
- Lo bueno es que ya esta bien- le dijo Barani, no era su culpa pues él nunca le pidió nada- supongo que con esto aprenderá a dejar unas cuantas cosas libres, el tiempo debe hacer su trabajo sin importar que este sea destructor.
Miraron a Eliott que dormía en la cama, sin fiebre, con respiración constante y latir estable, y una media sonrisa en su rostro sereno.
La verdad, como se enteró en otra ocasión Ian, era un poco distinta. Cierto, Eliott estaba un tanto agotado, pero jamás colapsaría. Cuando decidió detener la vida de Jane y Lond, el séptimo, que velaba por el cumplimiento de las reglas e impartía los castigos, le ordenó revertirlo, y el testarudo recibió la sanción. Esa era la razón del infarto, “El Viejo” como lo llamaba su mentor, destruyó su sistema inmune y solo cuando sus defensas volvieron pudo comenzar a sanar.
Más tarde, ahora que ya estaba todo mejor, Ian dejó a Eliott a cargo de Barani, en mejores manos no estaría; y él fue a reunirse con la hermosa colorida que le había robado el corazón.
La abrazó y la beso lentamente, prolongando cada segundo, como queriendo retener para siempre esos momentos, memorizando cada rincón de su ser, su aroma, su tacto, su sonrisa blanca e inocente, esos ojos verdes que brillaban como zafiros deslumbrantes, esa cabellera roja que según antiguas creencias era buena suerte, esperaba de todo corazón que así fuera.
Eliott luego de volver a ser el que era, arrastró a Barani hasta la terraza.
- No abuses de tu buena salud- le pidió ella riendo ante la hiperactividad del otro.
- Vamos, soy inmortal... los dioses no podemos morir, Afrodita- replicó tomándola por la cintura.
- Cuidado hacia donde te diriges, Apolo- le advirtió en tono ligero.
-Baila conmigo- le pidió de pronto.
- ¿Aquí? ¿Con que música?-
Eliott rodeó su cintura atrayéndola hacía si, apoyó su mejilla en la mejilla de ella y comenzó a susurrar una canción.
-[Lentoooo]
Ella rió y pasó sus brazos alrededor del cuello de él.
- Me encanta esa canción- ronroneó.
Él siguió cantando, mientras pegados bailaban en la terraza a la luz de la luna. De pronto, desde el interior, les llegó el sonido de la canción que el griego cantaba. Barani apoyó su cabeza en su pecho, oyendo el milagroso palpitar de ese corazón que tanto quería y pidió no dejar nunca de oír la música que le regalaba cada latido; acompasado, enérgico y dulce.
La canción acabó pero ellos siguieron, ajenos al mundo. Ella alzó el rostro, encontrándose con esos ojos grises que brillaban como diamantes, con lentitud acortaron la distancia de sus rostros, él cerró sus ojos y ella los suyos, solo entonces sus labios se juntaron.
El interior de Barani estalló en mil sensaciones, su corazón latía desbocado y su estomago se había desecho en mil mariposas que volaban en su interior, el suelo desapareció, menos mal, él la sostenía de la cintura.
Sin saber que creer volvió a mirar los ojos de plata pero no los encontró; Eliott permanecía con los ojos cerrados. ¿Qué significaba todo aquello? Decidió no pensar, mejor era no comprender. Lo abrazó y volvió a apoyar su cabeza en su pecho, él acarició con lentitud y ternura su largo cabello.
Adentro, mirando oculto desde una ventana, Fred sonrió y se felicitó por su intervención músical. Miró hacía arriba sonriente: Mira mamá, comienza a cumplirse tu deseo, papá vuelve a ser feliz, dijo al cielo, viendo cosas que solo él podía ver. No te preocupes, te sigue amando y nunca dejará de hacerlo porque así es él, pero puede amar de nuevo ¿no? Aguardó la respuesta, Muy bien, entonces continuaré con mi misión. Te amo, mamá, hablamos después.
Afuera, la luna se marchaba, su luz era opacada y las estrellas desaparecían, desde lo profundo se alzaba lento y majestuoso el gran astro, tiñendo de rojo y dorado las nubes; la noche tocaba a su fin y el comienzo de la alborada era el anuncio de un nuevo día, hermoso y brillante.

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